Sala de Prensa

La ley de eficiencia de los mercados nos dice, “Los mercados, en el largo plazo, son asintóticamente eficientes y asignan a cada valor su precio objetivo”.

Dicha objetividad valorativa se estudia, en materia bursátil, en una disciplina llamada análisis fundamental. La lógica especulativa, en cambio, se basa en el comportamiento subjetivo e ineficiente de los mercados en el corto y medio plazo, apoyándose en dos premisas:

Todo sobre-valor es asumible (por el comprador) si existe la creencia de que éste sea aún mayor, como primera premisa. Es también asumible todo infra-valor (por el vendedor) si existe la expectativa de que éste sea aún menor, como segunda premisa.

El comportamiento de esta subjetividad se estudia, en materia bursátil y de mercados cotizados, en una disciplina llamada análisis técnico con objeto de asignar una esperanza matemática de precio (techo o suelo) mediante el estudio de series históricas de comportamientos masivos y subjetivos de compra-venta.

La subjetividad, en su componente favorable a la especulación, se asemeja a un trastorno emotivo bipolar que provoca la infra o sobre-valoración de las cosas. La mayor parte de las personas que hayan concebido una idea o proyecto, habrán pasado de creerse el rey Midas a percibirlo como humo, antes de haberlo siquiera experimentado (no necesariamente en este orden).

Lo más probable es que dicho proyecto no sea ni lo uno ni lo otro y, con el tiempo, a medida que la curva (de la subjetividad) se aproxima a la recta (de la objetividad) se llegue a una valoración asintótica, no irrefutable pero sí representativa, del activo en cuestión.

Para entender lo que sucede ahora con el valor de muchos activos, sobre todo inmobiliarios, expongámoslo a modo de relato:

Imaginemos que el especulador es un astuto comerciante que pasea, por una plaza de mercado, con una botella de preciado licor que cuesta elaborar y por la que ha pagado 10 unidades monetarias. Primero se dirige a un concurrente a la plaza, que denota estar borracho, y consigue vendérsela por 20. Al día siguiente, el comprador del día anterior tiene una resaca horrible y la sola visión de la botella le provoca nauseas. Es, en ese momento, cuando aparece de nuevo el comerciante y, esta vez, le propone comprársela por 5 u.m. consiguiendo hacer trato. Acto seguido; coge la misma botella, se dirige a otro concurrente borracho, se la vende por 20 u.m. y planea, para sus adentros, visitarlo al día siguiente. Hasta aquí, nuestro avispado comerciante, ha vendido dos veces por 20 (a dos concurrentes que ya no podían beber más, pues estaban saturados) y ha comprado, una por 10 y otra por 5; es decir, ha ganado 25 con la misma botella y sólo ha provocado pérdidas para el mercado local.

La embriaguez fue provocada por la barra libre crediticia anterior a la crisis, reforzada o animada por un hecho entonces contemporáneo:

El valor disparatado de salida a bolsa de las nuevas tecnologías, infló el globo del IBEX (y de otros índices internacionales) al inicio de la pasada década. Al desinflarse dicha burbuja, los capitales, siempre especulativos, buscaron refugio en la economía real (principalmente en el ladrillo), pervirtiéndola: pudimos comprar la botella pero no digerirla (mantener el activo comprado) porque el coste era muy superior a su utilidad y a nuestra capacidad.

La resaca, que ahora experimentamos, se manifiesta en una interrupción total del crédito (incluido el demandado por el tejido productivo para su circulante: nóminas, materias primas…) menguando o anulando el apalancamiento de los capitales no especulativos; es decir, limitando matemáticamente el crecimiento de la economía real y asfixiando el nivel de actividad a la hora de, al menos, mantenerse.

Aquella embriaguez era la parte más alta del trastorno emotivo bipolar en la que se promovía, interesadamente, la compra y la inversión, “Entrad ahora, aunque sea caro, que valdrá aún más”, resultado: la curva de precios corta hacia arriba, disparatadamente, la recta de valor y el especulador vende.

Esta resaca es la parte más baja del trastorno emotivo bipolar en la que se promueve, interesadamente, vender o desinvertir, “Salid ahora, aunque sea barato, que valdrá aún menos”,  resultado: la curva de precios corta hacia abajo, precipitadamente, la recta de valor y el especulador compra.

En otro mercado, un comerciante sensato se tropieza con un hombre al que, tras un duro día de trabajo en una plaza difícil, le apetece compartir una botella de buen vino con sus amigos, totalmente sobrio y que, además, sabe lo que la botella vale (incluyendo un discreto margen para el vendedor).  Al final, hacen trato a un precio que no coincide pero que se parece mucho al que los dos tienen en la cabeza: el comerciante sensato y el concurrente sobrio.

A otro día, comerciante y concurrente, acuden a buscarse el uno al otro. Al encontrarse, el comerciante le pregunta al comprador si ha quedado satisfecho con el vino, encontrando una respuesta positiva y el encargo de una nueva botella que, a su vez, el comerciante ordena al elaborador. Se inicia a crear una modesta pero creciente y sostenible riqueza en el mercado local.

Dejamos, para un próximo artículo, la formulación de algún que otro criterio práctico de valoración a la luz de la sobriedad serena de la objetividad.

José Manuel Mendoza
Economista JBI

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